7 de diciembre de 2008

Sentir que es un soplo la vida: "Luces al atardecer" de Aki Kaurismäki

Resistir estoicamente, resistir el mal con dignidad, es una premisa que los personajes del universo Kaurismäki, cumplen sin excepción. Caer de pie, aunque las piernas parezcan vencidas por el peso del cuerpo, del alma, por el peso de la vida, al fin y al cabo. De existencias de apariencia mínima entre la masa, tratan las películas de este finlandés, para el que, contradiciendo el coro de un conocido trovador, el tiempo no está a favor de los pequeños.

En “Luces al atardecer” (2006), presenciamos el trágico devenir de Koistinen, un vigilante de almacén, que piensa en algún momento dejar su deprimente empleo para formar su propia compañía y así alejarse de la hostilidad que lo rodea. En verdad, Koistinen se aferra a cualquier sueño porque necesita estímulos para continuar con su asfixiante rutina diaria. Y como sucede con todo soñador, la realidad se encarga de convertir en trizas sus esperanzas, esos frágiles pájaros de papel.

Así tenemos a un protagonista que imagina de la forma más ingenua que su vida empieza a tomar un cariz amable, cuando aparece en su mesa una atractiva desconocida para compartir un café. Ese hecho marcará el inicio de una fantasía romántica que mucho tendrá de aprendizaje acerca de la condición humana y el lastre doloroso que eso conlleva. Y más aún para los débiles como Koistinen a los que les cuesta adaptarse, precisamente porque el idealismo y la sensibilidad parecieran estar pasadas de moda en un mundo en el que la mayoría se abre paso a puños y haciendo mella en la dignidad de otros, sobre quienes parecen saberlo todo, pues los vestigios de humanidad resultan ya tan predecibles (“Es fiel como un perro, un idiota romántico”, dice de Koistinen otro de los personajes), que es tarea fácil identificar a las próximas “víctimas”, esos nostálgicos que evocan tiempos pintados en sepia, de tangos añejos, épocas en las que todo parecía reducirse a encontrar quien lo quiera a uno para que, como diría Gardel: “se vuelva clara la aurora y alegre el manantial”.

En ese contexto, el protagonista tiene todas las de perder y las lecciones le llegan en dosis cada vez más crueles. Desde la indiferencia amorosa, pasando por el desengaño frente a la confianza brindada y el pago de culpas ajenas, para finalmente estrellarse con el poder de aquellos que decidieron su suerte y contra los que no puede combatir, por más que intente hacerlo hasta sangrar.

Otra de las características de los personajes en las cintas de Kaurismäki, es que se encuentran impregnados de una inexpresividad en la que hay que hurgar. Por eso sus mínimas acciones nos ayudan a conocerlos en su soledad, en sus pequeñeces diarias, en su ingenuidad de perdedores, lo que los hace aún más entrañables. El director finlandés los filma de la misma forma quieta y parsimoniosa con la que desarrollan sus pocas actividades. Le presta cámara a los silencios, a lo que se deja de decir, a esas posibilidades de diálogo que se convierten en tiempo atesorado para el protagonista que es plenamente consciente de la fugacidad de los buenos momentos.

En esta película, así como en el resto de la obra de Kaurismäki, no importan las explosiones de afecto físico sino el qué tanto se puede hacer por el otro. Así, el abrir por primera vez las puertas de su casa y preparar una cena con panes recién horneados es la mejor ofrenda que puede brindar el ermitaño. Con eso dice mucho más que con un abrazo.

La industrializada Helsinki, también juega un rol importante en “Luces al atardecer”. Su modernidad contrasta con los austeros lugares que habitan los obreros que echan a andar esa próspera maquinaria económica que no puede aceptar la existencia de contradicciones como el desempleo y la violencia, elementos recurrentes en otras ciudades tildadas de subdesarrolladas. No obstante, el director añade una contradicción más a la capital de Finlandia: la inunda de rojos y azules, la disfraza con una calidez que no posee, dotando de colorido a un normal paisaje gélido que contagia a sus pobladores y los hace ver como extraños maniquíes que respiran, que se desplazan por sus calles.

Con éste, su último filme, Kaurismäki hizo lo que mejor sabe: Nos conmovió y emocionó serenamente. Sin embargo, su mayor logro es que nos hayamos afirmado en la fe a este cine que te lleva de la mano para dejarte con esa sensación dulce y melancólica, como en los mejores momentos de nuestra vida.