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8 de enero de 2010

Dinamitar el discreto encanto de la burguesía: Isabelle Huppert y Claude Chabrol

Si se tuviera que definir de forma concisa, y por demás exacta, la relación entre Isabelle Huppert y Claude Chabrol, indefectiblemente se recurriría a la palabra "complicidad". Inclusive considerando aquella acepción que se relaciona a los delitos perpretados por dos o más. Felices delitos, por supuesto. Delitos faltos de sangre, pero repletos de crítica feroz. Y quiénes los acusarían, se preguntarán con toda razón. Pues, la burguesía sería la primera en señalar a este corrosivo par, ya que en casi tres décadas los proyectiles disfrazados de filmes realizados por el tándem, estuvieron dirigidos a ese sector y su muy, muy discreto encanto. Encanto que Chabrol de la mano de Huppert, hizo palpable, vulnerable. La burbuja burguesa representada a unos centímetros del suelo, a punto de evanescer en el inevitable contacto con la realidad, con el mundo.

Isabelle calzó perfectamente como aliada en este propósito y el buen Claude siempre lo supo. El realizador intuyó acertadamente que esa mujer menuda de belleza sutil, era el camaleón capaz de mutar, de infiltrarse y sobre todo de incomodar desde el écran. Por ello, a partir de 1978, Huppert se convirtió en su asesina rencorosa, su soñadora inconforme, su madame adinerada, su justiciera sin recompensas, su estafadora refinada. Personajes como instrumentos para hurgar en la vanidad ridícula de una clase próspera y de supuesta avanzada. Figurines que en conjunto fueron un vehículo para mostrar también, la crueldad de una sociedad que castiga e inclina el pulgar en señal de suerte echada.En la piel de la actriz francesa, todas esas "hijas" de Chabrol lucieron como enigmas de soluciones rebuscadas. Huppert se encargó de que reservaran para sí sus más oscuros pensamientos al igual que aquellos que expusieran su fragilidad sin la menor elegancia y pertinencia. Las dotó de un halo de atractiva ambigüedad, con actitudes siempre al borde de la sospecha como de la inocencia. La tarea de los espectadores se resumía en jugar intuitivamente a adivinar lo que se ocultaba en sus gestos mínimos, en su lenguaje corporal, muchas veces mecánico.

En ese sentido, las criaturas del director salido de las canteras de Cahiers du Cinéma, permitieron que Isabelle mostrara lo mejor de esa interpretación contenida y respiración modulada. Si bien el cine nos regaló a grandes divas glamurosamente intensas y emocionales hasta la médula, Huppert dio cuenta de su naturaleza serena al interiorizar dramas y alegrías que carcomían las entrañas por igual. Con ella, comprendimos los extremos en pantalla: O se es explosiva como Bette Davis, o te habitúas a la implosión, al mejor estilo de Isabelle Huppert.
El aburrimiento y la insatisfacción fueron las banderas de estos personajes chabrolianos. Solo hay que ver cómo pasa sus horas la joven criminal de Violette Nozière (1978), detestando la mediocridad de sus padres, cazando clientes con su talante abúlico y ese abrigo negro que envuelve su mercancía. O la Marie de Un asunto de mujeres (1988), quien se convierte en partera abortista tras sentirse indispensable, casi una salvación para aquellas mujeres que con sus monedas comienzan a darle sentido a su vida postergada. O bien, la emblemática heroína literaria en Madame Bovary (1991) dueña de un sueño de parajes lejanos y amores extraordinarios que solo acentuaba su odio por la simpleza de su viejo esposo y la existencia de una provincia que parecía reducirse cada vez más en su nimiedad.

La perversidad también tuvo lugar entre estos caracteres. Para comprobarlo, están la desequilibrada Jeanne de
La Ceremonia (1995) o la críptica Mika Muller de Gracias por el chocolate (2000). Claro, ambas desde polos totalmente opuestos. La primera, una empleada del servicio postal, que se impone como fatal reivindicadora de su estrato en una encarnizada - si bien quieta hasta los últimos minutos -, lucha con la clase patronal. Mientras la otra aparece como representante de ese sector y - cosa curiosa -, dotada de una maldad que es cuestión de esencia, planteada sin justificación o concesión alguna. Un impulso de hacer daño que se manifiesta de forma irrefrenable en una mujer que calcula paso a paso sus crímenes, del mismo modo que calcula sus ganancias en la fábrica que dirige. Nuevamente, el encanto burgués trasladado a la pantalla.Son siete las películas que Claude Chabrol ha rodado con Isabelle Huppert -siendo la última de ellas Borrachera de Poder (2006)-. Ocasiones en que hicieron evidente su condición de cómplices en el desenmascaramiento ácido y sin paliativos de la sociedad francesa. Encuentros de dos experimentados que hicieron de las suyas con armas sutiles, pero tan efectivas como la mordacidad. Filmes que cuestionan, que retan sin miramientos. En definitiva, un cine que nos atrapa gustosos y al que no nos cansaremos de volver.

25 de septiembre de 2009

Un año sin Paul Newman, el director apenas conocido

Cuando se habla de Paul Newman, se recuerda su profunda mirada azul, su talla de gran estrella con estupendas actuaciones, su férreo compromiso humanitario y cómo no, su matrimonio de más de medio siglo con la talentosa Joanne Woodward. No obstante, no todos están enterados de la existencia de un Newman autor, ese que también quiso contar historias narrándolas de manera tan íntima, que brindan la sensación de estar presenciando una pausada confesión ante cámaras. El cine de Newman resulta a veces hermético y duro, lo que valió no conectar efectivamente con el público masivo que imaginó que lo que tenía que decir como realizador, sería tan amable como el rostro que reconocían como el más atractivo de Hollywood. Estaban equivocados, pues Newman miraba el mundo con pesadumbre y bastante lucidez, por lo que no se permitía concesiones, ni mucho menos felices finales impostados y fáciles, esos que te dejan con una amplia sonrisa mecánica, pero que se desvanece en instantes, incluso cuando no se ha abandonado la sala, para pasar luego a formar parte de una lista de títulos prescindibles. Nada de eso tiene Rachel, Rachel (1968), su ópera prima, que desde el primero momento se presenta como una pesadilla disfrazada de cotidianeidad, sobre una vida postergada y solitaria, enfrascada en el trabajo y los deberes domésticos. Rachel Cameron (Joanne Woodward) una soltera y madura maestra de escuela primaria, se desdobla cada vez que puede, entre la realidad opaca y los sueños que le sirven como válvula de escape para lograr lo que quisiera: ser más libre, dejar de lado las opiniones de su agobiante progenitora, rebelarse ante los que no apuestan ni un centavo por ella. Sin embargo, ese disfrute tan anhelado, también le produce un miedo feroz. Las posibilidades se presentan y ella las rechaza de plano, regodeándose en sus conocidas ilusiones mientras prepara sándwiches para las amigas de su madre. Newman acompaña a su protagonista en la opresión y el despertar, aunque su mirada nunca es compasiva, sino por el contrario, le imprime dignidad con esos primeros planos que nos permiten apreciar una fuerza que muchas veces está a punto de caer, sin concretarse, lo que la enaltece. Esta adaptación de la novela de Margaret Laurence es una de las películas que mejor han tratado la soledad y la redención, convirtiéndose en un manifiesto a favor de la libertad nunca tardía. Además, significó el inicio del tándem Newman - Woodward, que cruzaron la línea personal para trasladar toda su capacidad en cinco de las seis películas que el buen Paul dirigiera. Hacia 1971, rueda Casta invencible, filme en el que también actúa dando vida al indomable Hank Stamper, miembro de un clan patriarcal al mando de Henry Fonda. Basada en una novela de Ken Kesey, quizás sea la cinta más accesible de su filmografía como realizador. Narra la historia de una familia maderera que se niega a acatar la consigna del sindicato de productores, que consiste en ya no vender a las industrias hasta que atiendan sus pedidos. Sin embargo, los Stamper tiene un código que siguen a rajatabla: la palabra empeñada y la firma de un contrato se respeta. Así, con una ética individualista, siguen talando los árboles sin hacer caso de las murmuraciones y de la evidente antipatía de la que son objeto. Hasta allí, y si solo se hubiera limitado a ello, Newman habría filmado un drama épico bastante sencillo. Pero bien sabemos que el director no se caracterizaba por su conformismo, por lo que su atención se centró en ese modelo de familia americana bien formada, en la que todos comparten un mismo techo en aparente armonía. Newman demuestra que la estabilidad y paz solo son un espejismo, ya que sus miembros guardan rencores y culpas que no son capaces de gritar y/o expiar.
Otro aspecto interesante de Casta invencible, es la mirada oscura que brinda de la naturaleza con bosques de árboles enormes y en los que el hombre bien parece un mosquito fácil de aplastar, sensación que se transmite a los espectadores con el uso de numerosos contrapicados en la labor de tala. Al año siguiente, Newman elige una obra de teatro ganadora del Pulitzer para que se convierta en su tercera película: El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas. Joanne Woodward protagoniza esta cinta áspera y sin miramientos acerca de la condena del perdedor nato y su imposibilidad de guardar alguna esperanza en el futuro, puesto que ese tiempo que se avecina no va a ser diferente de su presente repleto de miseria espiritual y económica. Newman que encarnó a varios perdedores a lo largo de su carrera actoral, esta vez le cede la posta a su esposa para que le ponga rostro a una figura materna triste, patética y despojada de fortaleza. Su personaje Beatrice, tiene que lidiar con su tropiezos y en su desesperación arrastra con ella a una hijas a quienes da un trato desigual: mientras a la mayor le prodiga todo el afecto y atención, pues la devuelve al recuerdo de su juventud, como si se viera a si misma, décadas atrás con su despreocupación y cinismo; a la más pequeña la trata despectivamente por no entenderla en su afán por la ciencia y su excesiva timidez. Ese clima asfixiante y tenso entre estas mujeres, envueltas en una suerte de triángulo afectivo, es registrado por Newman en toda su dimensión bizarra y sucia en que la cámara funciona como agente que escarba y hiere. El rostro de Woodward, con ese gesto de bufón involuntario y confundido en los minutos finales, lo dice todo. Es el rostro de la resignación sin ninguna expectativa. El único telefilme que Paul Newman dirigió fue La caja oscura (1980), que constituye una brillante reflexión acerca del enfrentamiento con la muerte. Adaptación de una pieza teatral de Michael Cristofer, cuenta la historia de tres enfermos terminales que, sometidos a un experimento que registra la evolución del mal y sus perspectivas mediante entrevistas, viven recluidos en una tranquila villa a la que pueden acceder sus familiares y amigos más cercanos. La espera ante lo inevitable, los asuntos pendientes postergados e incómodos, las mentiras piadosas y la rebeldía ante la partida de un ser querido, son otros de los puntos tocados en La caja oscura a través de extensos diálogos que, si bien se sostienen con calma en un inicio, amenazan con explotar de manera intempestiva por la cantidad de emociones contenidas, por esa represión consciente y autoinfligida. Lo que en manos de otro se hubiera convertido en una cinta efectista y melodramática hasta el hartazgo, Newman lo llevó adelante con mucho respeto, confirmando su pulso medido y cauto, lo que demostró su consideración hacia los espectadores y el trabajo de sus actores, entre los que destacan Christopher Plummer y, por supuesto, Joanne Woodward. No fue hasta 1987 que Newman se animó a realizar un filme más. Y lo hizo de la mano de una obra de teatro de Tennessee Williams. El zoo de cristal, ya conocía una versión anterior (y más libre) dirigida por Irving Rapper en 1950. Con escasos personajes, la película es un triste viaje por los recuerdos de un hombre (John Malkovich) acerca de lso últimos días que pasó junto a su sobreprotectora madre (Joanne Woodward) e introvertida hermana (Karen Allen). Newman pone pantalla un gran retrato psicológico sobre la convivencia familiar, la nostalgia y los sueños truncos de tres personajes sentenciados a la nada, cada uno con personalidades tan disímiles y frágiles como pequeños pedazos de cristal. Por su atmósfera oscura, la contundencia de sus diálogos y el buen desempeño de su actores es imposible no terminar con un nudo en la gargante en diferentes pasajes de esta cinta, que deja una sensación amarga e irresistible, que seduce y reta a una siguiente proyección. Este último trabajo del director estuvo nominado a la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Paul Newman para pesar del cine y de quienes admiramos su labor, no volvió a dirigir. No obstante, no son muchos los que podrían ufanarse como él, de haber llevado a cabo una filmografía valiente y personal, que no quiere quedar bien con nadie. Vale la pena volver a Newman y ese costado suyo también bello, aunque doloroso.

9 de octubre de 2008

En memoria de Youssef Chahine, maestro egipcio

Una trayectoria cinematográfica de 57 años no puede pasar desapercibida. Más aún si ésta se ha dedicado casi por completo a denunciar la desigualdad social, la intolerancia y el fanatismo de cualquier clase. No obstante, el pasado 27 de julio, la muerte del egipcio Youssef Chahine, nos encontró en un día de invierno cualquiera y nada se escuchó o vio en los noticieros locales. Solo una concisa nota en algún diario, dio cuenta del acontecimiento, a pesar de tratarse de uno de los directores más reconocidos a nivel internacional. Una vez más se confirmó que las distancias que nos separan del resto del mundo, no solo son territoriales.

Nacido en la cosmopolita Alejandría de 1926, en el seno de una familia de origen libanés, el joven Youssef Chahine, decide inmigrar a los Estados Unidos para estudiar actuación y cine en el Pasadena Playhouse de Los Ángeles. Una vez terminados sus estudios, retorna a Egipto, en donde hacia 1950, rodaría “Papa Amine” , cinta con la que dio inicio a una filmografía y un prestigio que en los años siguientes se asentarían básicamente entre su tierra natal y Europa, continente que mediante coproducciones le brindó respaldo a la calidad de sus películas.

Considerado como uno de los renovadores del cine egipcio, Chahine se aparta de las convenciones comerciales que en la década del cincuenta, primaban en las producciones que en masa realizaba la industria de su país, mediante musicales y comedias, para optar por plasmar situaciones que fueran de fácil identificación para el espectador común. Así, deja de lado la fantasía y se adentra en la realidad de las calles de Alejandría, influenciado por el neorrealismo italiano, corriente representada, entre otros, por Roberto Rossellini, de quien se confesaba gran admirador. Es en esta primera etapa, que consolidaría el éxito fuera de Egipto al ser nominado al Oso de Oro en el Festival de Berlín por el filme “Estación central” (1958), cuya trama se desarrolla en la estación de ferrocarriles de El Cairo y la fauna que día a día la recorre.

Posteriormente, el director continuaría con una estrecha colaboración que había empezado en “Yamila” (1958), cinta anterior a “Estación central”. Nos referimos al escritor Naguib Mahfuz, quien se encargó del guión de la epopeya histórica “Saladino, el victorioso” (1963) y de la película de intrigas “La elección” (1970). Guiones que trasladados al celuloide, transmitieron la rigurosidad y madurez de un cine, que años después sorprendería al mundo con la famosa trilogía de tintes autobiográficos, conformada por “Alejandría, por qué” (1978), “La memoria” (1982) y “Alejandría aún y siempre” (1989).

En 1994, su filme número 35, “El emigrante”, despertaría los ánimos más encendidos del islamismo, quienes vieron en esta cinta basada en la conocida historia del profeta José, una blasfemia contra el Corán, que prohíbe darle un rostro a cualquier personaje venerado por los musulmanes. Chahine conocería entonces, la persecución, cuando por orden de un tribunal, la película fuera retirada rápidamente de las salas egipcias, además de prohibir su exportación. Sin embargo, dada la presencia de la firma coproductora francesa, se lograron sacar algunas copias, lejos de su territorio natal.

Todo ese proceso de impotencia, frente al poder islámico, fue plasmado en su siguiente película, “El destino” (1997), en la que toma la figura de otra víctima de persecución, Averroes, el notable filósofo del siglo XII. Chahine hace que viajemos a un pasado de componendas políticas y religiosas, para denunciar la intolerancia de la que fue objeto. “El destino”, fue uno de los filmes seleccionados como parte de la competencia oficial del Festival de Cannes. No obstante, otro galardón se estaba reservando para el realizador egipcio.

“Humanidad, tolerancia, coraje y clemencia”, fueron algunas de las palabras pronunciadas por la actriz Isabelle Adjani, al entregar el premio por toda una trayectoria, en el quincuagésimo aniversario del Festival de Cannes. Palabras que a cuyo eco, se unieron los aplausos de una multitud que de pie, homenajeó al cineasta Youssef Chahine, que visiblemente emocionado presenció como un sueño acariciado por casi medio siglo, se hacía realidad en 1997. Acontecimiento del que una década más tarde y como retribución a este festival francés, Chahine se encargaría de hacer un cortometraje de tres minutos, al que tituló “47 años después”, como parte del filme colectivo “A cada uno su cine”.

En su siguiente cinta, “El otro” (1999), una historia romántica sirve de pretexto para abordar la crítica social sin disimulos, ni moderaciones. Para Chahine, el dinero, el poder y el fanatismo son los corruptores absolutos de la naturaleza humana. Aquí, tanto las personas acomodadas como la gente sin recursos están equivocadas, ya sea por la riqueza o por la devoción extrema hacia su religión. Otro punto que hace este filme por demás interesante, es el retrato del amor obsesivo de una madre por su hijo, un afecto que por momentos linda con lo erótico y lo malsano.

Uno de sus últimos trabajos, fue el que realizó en 11’09’’01 (2002), filme colectivo que produjo el francés Alain Brigand, reuniendo a once realizadores de todo el mundo para concederle a cada uno 11 minutos, 9 segundos y 1 fotograma, con el objetivo que idearan once cortos relacionados con la fecha fatídica. Entre los convocados se encontró Chahine, que fiel a su estilo, elaboró un corto en el que no todo era lamento por los atentados, sino que por el contrario lanzaba unas cuantas verdades al gobierno estadounidense, cuestionando su política exterior. Como era de esperarse el trabajo del director fue muy polémico, incluso, fue tachado de anti-norteamericano y panfletario musulmán. Nada más lejos de la verdad.

Defensor incansable de la libertad y la tolerancia, además de pensador lúcido, Youssef Chahine y su coherente filmografía, esperan ser descubiertos por muchos de nosotros, que tanto tiempo estuvimos ajenos a una obra, que con el transcurrir del tiempo se vislumbra aún más valiente y poderosa.

30 de julio de 2008

Las cicatrices de una eterna carcajada: El Joker de Heath Ledger

Un par de profundos surcos extienden una sonrisa torcida en ese rostro en el que la pintura blanca predomina sobre esas manchas negras y rojas que son sus ojos y labios. El cabello sucio se mezcla con un color entre amarillento y verdoso. Ropa barata y zapatos ridículos completan el atuendo de la más pura insania, esa que llama al caos por el caos. El mal nos presenta a su príncipe corruptor mientras éste se ríe, siempre se ríe.

El Joker de “Batman: The Dark Knight”, tiene la piel de Heath Ledger. Ambos forman una alianza simbiótica en la que cada uno de sus límites pareciera desvanecerse para mostrar una villanía particular, con móviles que van más allá del dinero, más allá del poder. Una cara de la maldad que desea poner de cabeza todo, generar el pánico colectivo de una Gotham que pocas veces quiere mirar su podrido interior y a la que solo anhela ver arder. El fuego se convierte en un ente omnipresente en la ciudad y el Joker, cual implacable inquisidor, lo aviva torturando a sus habitantes, obligándolos a reconocerse como las personas intachables que no son, a quitarse la máscara, mientras danza pintarrajeado y sin nombre.


Heath Ledger le brinda esa dimensión a un Joker que en los sesentas habíamos visto caracterizado por César Romero y que casi tres décadas después volvería con un Jack Nicholson que calzaba perfectamente en el universo de Tim Burton, tan juguetón como siniestro, pero que finalmente era Nicholson en versión más cínica de la habitual. El villano esperaba por alguien que quisiera cobijar por completo su oscura personalidad. Y fue Ledger quien lo acogió y entendió con todo el ímpetu de sus 28 años.

En una entrevista, César Romero contaba que interpretar al “Príncipe del Crimen” en la conocida serie de televisión, había sido una experiencia muy divertida. Es curioso enterarse de eso, luego de saber que para Heath el proceso de creación no tuvo nada de gracioso y si bastante de enfermizo. Se encerró 30 días en un hotel para ensayar voces y gestos acordes a su personaje, mientras el estrés lo consumía y el sueño no llegaba, teniendo que medicarse para poder dormir.










Imagino al joven Ledger frente al espejo, ensayando esas muecas que rozan el infantilismo y abrazan la locura, preparando su cuerpo para ese talante desgarbado cubierto de harapos y que sin embargo, debía transmitir la fuerza arrasad
ora de una anarquía que por fin había encontrado un adalid de su categoría, capaz de hacer que la bondad y la rectitud duden de ellas mismas, que admitan la fragilidad de su existencia.


Así, en “Batman: The Dark Knight”, es el murciélago quien huye entre las sombras de la ciudad, que son idénticas a las que pueblan su mente. Es la primera vez que el mal le abre los ojos, que lo recuesta en un diván, pero que además lo contempla compasivo, desde una orilla que, tras el maquillaje y el disfraz, pareciera cada vez más cercana. Saboreando esa victoria agridulce, el Joker no solo lograría su objetivo, sino que también ganaría un héroe personal para quien reservaría las carcajadas finales, esas que solo podían salir de la garganta de Heath Ledger.

30 de junio de 2008

Porque nunca es tarde para escribir sobre Widmark...

Cuando Tommy Udo hizo su aparición en pantalla, todos intuían qué podía venir, sin embargo jamás imaginaron que ese personaje de extraña risa y mirada fría entregaría una de las escenas más poderosas y electrizantes del cine. Mientras esa anciana en silla de ruedas caía por las escaleras, nacía una nueva encarnación del mal que con fuerza avasalladora irrumpía en el celuloide para quedarse por siempre en la memoria de los espectadores de “El Beso de la Muerte” (1947), la cinta de Henry Hathaway. Un Tommy Udo, que todo vileza, todo perversión, tenía el rostro del debutante actor de 33 años, Richard Widmark.

Un actor que por debutante, no era ningún aprendiz, pues provenía de las canteras de la radio y el teatro. Precisamente en una de las funciones de su primera obra en Broadway “Kiss and Tell”, fue que capturó la atención de Henry Hathaway, quien lo convoca para “El Beso de la Muerte”, obra que marca el inicio de su carrera cinematográfica.

Su siguiente trabajo en “La Calle sin Nombre” (1948), reforzó su imagen de villano, encarnando a Alec Stiles, un gángster con sed de imponerse en el ámbito criminal. Dirigido por William Keighley, este policial se pone al servicio de Widmark, que prácticamente canibaliza la deslucida actuación de su co-protagonista Mark Stevens, mordiendo una manzana o haciendo un simple gesto. Solo eso le bastaba para mostrar toda la dimensión de un personaje oscuro, para el que el crimen es el medio con que se cobran las deudas de lealtad.

Aun interpretando a estas ruines personalidades, Richard Widmark no podía ser identificado como el “malvado definitivo”, básicamente por su complexión física. Asimismo, estaba lejos del porte de galán que tanto éxito tenía en Hollywood. Por el contrario, su aspecto delgado y de poca belleza, lo acercaba a personajes de cine negro del tipo de Walter Neff en “Perdición” (1944) o de Al Roberts en “Detour” (1945), quienes conformaban junto a otros una galería de memorables perdedores. Un espacio privilegiado se reservaría para él.

La oportunidad de ocupar ese lugar llegó en 1950, de la mano de Jules Dassin, que filmó en Londres “La Noche y la Ciudad”. En esta cinta, Widmark interpreta a Harry Fabian, un pobre iluso que quiere ser alguien, pero para el que todas las puertas se cierran, teniendo que vivir a salto de mata, siempre huyendo, siempre apurando un paso que lo conduce inevitablemente al abismo. El actor entregó una de las mejores caracterizaciones del perdedor que no se resigna a su condición.

Con “La Noche y la Ciudad”, Widmark dio inicio a la década más fructífera de su carrera, con 26 largometrajes en total, entre los que se destacan - además del filme dirigido por Dassin - sus colaboraciones con Elia Kazan en “Pánico en las Calles” (1950), película en la que variando el registro, su personaje estaba de lado de la ley; con Joseph Mankiewicz en “Un Rayo de Luz” (1950), cinta en la que encarnó a un criminal sureño racista y rabioso que la emprende contra un joven médico negro (Sidney Poitier). Así también se puso a las órdenes de Samuel Füller en la formidable “Manos Peligrosas” (1953), dando vida a Skip McCoy el ladronzuelo cínico que por el robo de una cartera, se convierte sin quererlo, en el objeto de cacería del FBI y de una facción de espías comunistas.

El western también fue el género en que Widmark, se desplazó como pez en el agua. En “La Ley del Talión” (1956) de Delmer Daves, realizó una de sus caracterizaciones más recordadas: Comanche Todd, un indio blanco que es cazado cual animal salvaje por cobrar venganza contra los hombres que asesinaron a su familia, pero que insospechadamente se convertirá en la tabla de salvación para parte de la escuadrilla que lo perseguía. Un filme violento y apasionante en el que los conflictos internos de los personajes son develados y subrayados como ejes de la cinta, y que a pesar de un final notoriamente forzado, es un disfrute visual y dramático en el que Widmark se lució una vez más. Otras películas del género protagonizadas por el actor fueron “Dos cabalgan juntos” (1961) y “El Gran Combate” (1964), de John Ford en las que interpretó a personajes íntegros, escuderos de la justicia y el orden.

Hacia finales de los sesenta, filma “Brigada Homicida” (1968) de Don Siegel, una cinta policial de impactantes escenas de acción cubiertas por un halo de pesadumbre, en la que Widmark daba vida al veterano detective Daniel Madigan, al que no le importa tomar caminos sucios para hacer cumplir la ley.

A pesar de sus excelentes trabajos, solo fue nominado al Oscar una vez por “El Beso de la Muerte”, ocasión en que no logró hacerse del galardón. Por si fuera poco, la Academia corroída por un Alzheimer feroz, dejó pasar los años desde su retiro en 1991 sin brindarle una estatuilla honoraria en compensación por las omisiones a una trayectoria impecable. Su partida el 24 de marzo pasado, supuso una conmoción entre todos aquellos que disfrutamos sus magnéticas apariciones en pantalla y para los que el codiciado hombrecito dorado se hace cada vez más vano.

10 de abril de 2008

El legado de Rafael Azcona

El mes pasado nos dejó a los 81 años, Rafael Azcona, uno de los más grandes guionistas de habla hispana. Este español que trabajó con Marco Ferreri, Luis García Berlanga, Carlos Saura, Fernando Trueba, entre otros, fue el responsable de numerosos títulos que se cuentan entre lo mejor de la cinematografía mundial. A razón de ello, y gracias a YouTube - qué haríamos sin él - dejo por aquí un excelente reportaje (en dos partes) realizado a manera de homenaje en el programa "Días de Cine" de TVE, llamado "De profesión, sus guiones" que repasa su filmografía, además de incluir extractos de una entrevista a Azcona. Aprovechen y vean los videos antes que hayan problemas con el copyright

1era parte:

2da parte:


7 de abril de 2008

"She did it the hard way": Centenario de Bette Davis

El sábado 05 de abril, se conmemoraron cien años del nacimiento de Bette Davis, una de las más grandes actrices de la historia del cine. Como no podía ser de otra manera, este blog cuyo nombre se debe en absoluto al personaje que interpretó magníficamente en "All About Eve", quiere homenajearla reseñando parte de su extensa filmografía con estas 17 cápsulas. Espero que las disfruten.

1) Cautivo del Deseo (Of Human Bondage, 1934)

El poder sexual es una de las fuerzas más esclavizantes y demoledoras que existen. Otras son la manipulación y el chantaje. ¿Qué sucede cuando se echa mano de ellas? El abismo espera a la víctima que se entrega a un verdugo que, por añadidura, tiene ojos hermosos y distantes. Philip (Leslie Howard) arrastra ese castigo como hace con su pierna coja, aguardando el amor de Mildred (Bette Davis). La actriz consigue su primera nominación al Oscar con este filme de John Cromwell

2) La Mujer Marcada (Marked Woman, 1937)


Bette Davis encontró un papel hecho a su medida como la temperamental e inteligente Mary Dwight, en este filme dirigido por Lloyd Bacon. En los años 30 abundaron películas sobre la mafia y aunque ésta pudo ser solo aleccionadora, debido a la censura impuesta por el Código Hays, se arriesga mirando con simpatía a las prostitutas de los clubes nocturnos, presentándolas como víctimas del abuso y el prejuicio, pero también como las únicas capaces de sublevarse ante el poder y la muerte.

3) Jezabel (Jezebel, 1938)

Antes que la conocidísima Scarlett, otra rebelde sureña se desvivió por amor. En una época en que lo que más importa es no subvertir las reglas sociales, Julie (Bette Davis) al igual que la reina que da título al filme, escandaliza por desafiar rancias costumbres. Las sociedades reprimen con el repudio a quienes quieren salir del molde. Ni el amor permite esas libertades, quedando solo el sacrificio. Davis jamás lució tan hermosa como en esta cinta de William Wyler, que le dio el Oscar.

4) Amarga Victoria (Dark Victory, 1939)

El manejo eficaz del drama es lo que demuestra Edmund Goulding con esta película que en manos de otro director pudo haberse convertido en un discurso lacrimógeno. Claro, que Bette Davis con su actuación contribuyó bastante a que ello no sucediera, imprimiendo dignidad a Judith Traherne, personaje que afronta una muerte inminente. Con semejante argumento, la actriz corría el riesgo de caer en el efectismo y la sobreactuación. Sin embargo, Davis salió airosa consiguiendo ser nominada al Oscar.

5) La Solterona (The Old Maid, 1939)

El sur estadounidense siempre fue testigo de historias de mujeres amantes y sufrientes. Esta película ambientada en el 1800, no es la excepción, confirmando además las dotes del hábil Edmund Goulding. Bette Davis se ve vivaz, opaca y crepuscular a medida que van pasando los años. Todos son felices a su alrededor, pero ella tiene que disimular, aparentar, ocultar su propia maternidad por el qué dirán y porque para estallar existe un tiempo y el suyo ya ha terminado.

6) El Cielo y Tú (All This, and Heaven Too, 1940)


En la Francia del siglo XIX, todo lo que importaba era hacer las reverencias correctas, evitar las expresiones impropias y sobre todo contener la pasión, aunque ésta pidiera a gritos ser liberada. Anatole Litvak, recreó este mundo de trajes y apariencias, en el que es difícil que el amante salga ileso, pues en su accidentado camino puede encontrar la muerte o el desprestigio. Bette Davis está magnífica como la institutriz Henriette, mostrando en cada plano su impotencia disfrazada de honor.

7) La Carta (The Letter, 1940)

Unos disparos, una mirada fría y la luna de Singapur como testigo. Así empieza esta película donde se reencuentran Wyler y Davis como protagonista nominada al Oscar. El misterio deviene en drama, con secuencias en las que se respira un aire cargado, acaso fatal. El velo blanco que lleva la actriz para ocultar su rostro, solo acentúa las sombras que la acompañan en la expiación de la culpa. Y en ese tránsito, la condenamos y compadecemos, aunque suene contradictorio.

8) La Loba (The Little Foxes, 1941)

El tercer y último trabajo de la dupla Wyler – Davis, le dio uno de sus papeles más recordados valiéndole una nueva nominación al Oscar. Es que es difícil olvidar a una Regina Giddens imperturbable frente al ataque cardíaco de un marido que implora ayuda. La actriz construyó soberbiamente un personaje que bien pudo lucir solo un cariz sensual en esta cinta en que la podredumbre de una aristocracia inescrupulosa es develada por el director experto en retratos sociales.

9) Como Ella Sola (In This Our Life, 1942)

Por esos años, la maldad nunca fue recompensada, aunque en la realidad sucediera lo contrario. Así sucede en esta adaptación de la novela de Ellen Glasgow, que dirigiera John Huston. Lo que incrementa el valor de la cinta (en la que es previsible el destino de la protagonista) es, de lejos, la actuación de Bette Davis a la que vemos hacer de las suyas, como siempre deliciosamente. Lástima que el Código Hays haya quedado tan bien servido con esta historia.

10) La Extraña Pasajera (Now, Voyager, 1942)

Wong Kar-Wai, tan de moda actualmente, le debe bastante a los clásicos melodramas románticos. Uno de ellos es este filme con el que Bette Davis alcanzó su sexta nominación al Oscar. El sentido de libertad, el hallazgo de un amor tardío e imposible son temas tratados en esta cinta dirigida por Irving Rapper y en la que somos testigos de la transformación espiritual y física de una mujer a la que a falta de la luna, le bastan las estrellas.

11) Mas Allá del Bosque (Beyond the Forest, 1949)

Una variación de la heroína de Gustav Flaubert en clave fatal, es la que nos presenta King Vidor en el personaje de Bette Davis. El director aplicó las dosis de drama y film noir justas, mostrando en pantalla toda la seducción e inconformidad de una mujer que cree ciegamente que su destino podría ser distinto si dejara ese pueblo miserable. La actriz luce malvada, calculadora, desesperada y vencida, a la vez, mostrando sus cualidades camaleónicas de una escena a otra.

12) Eva al Desnudo (All About Eve, 1950)

La ambición y la falta de escrúpulos se camuflan fácilmente en un ambiente como el teatro en el que las máscaras abundan. Los únicos que salen indemnes son aquellos que por poseer la misma maldad, saben reconocerla. Joseph Mankiewicz aborda con maestría el competitivo mundo de las tablas, en el que es además, un homenaje a las actrices de verdad, esas criaturas temperamentales. Davis estuvo insuperable como la mordaz Margo Channing, consiguiendo otra nominación al Oscar y el premio del Festival de Cannes.

13) Banquete de Bodas (The Catered Affair, 1956)

Richard Brooks añadió algo más de emotividad a la carrera de Bette Davis que protagoniza esta cinta sobre sueños perdidos, la realización a través de los hijos y el matrimonio. Guardar un buen recuerdo de la fecha de la boda se convierte en una gema que resistirá los malos tiempos que vendrán inexorablemente con la vida en común. La actriz junto a Ernest Borgnine dibuja un retrato familiar bastante creíble que permitió al espectador común identificarse con su problemática.

14) Un Gángster para un Milagro (Pocketful of Miracles, 1961)

Frank Capra tenía la capacidad de hacernos creer que se podía tener esperanza en la gente, que el mundo era un poquito mejor. Siempre ha sido necesaria una buena cuota de optimismo, por más que la realidad matara la ilusión. Con esta, su última película, el mágico technicolor nos permite apreciar los hermosos ojos azules de Bette Davis que aquí disfruta a carcajada pelada (con esa risa impagable) y llora, conmoviéndonos siempre. Durante más de dos horas, tenemos carta libre para soñar.

15) ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962)

“No hay peor odio que el de la propia sangre”, decía Camilo José Cela en una de sus novelas. Robert Aldrich suscribiría esa frase. Una relación de hermanas descompuesta por el favoritismo de los padres y la envidia. Una reflexión sobre la fama y su efímera chispa. Decadencia, locura y muerte. Eso y más es esta cinta en la que Bette Davis como Baby Jane Hudson, libró una batalla interpretativa con otra grande, Joan Crawford, consiguiendo su undécima nominación al Oscar.

16) Canción de Cuna para un Cadáver (Hush... Hush, Sweet Charlotte, 1964)

Luego de “¿Qué fue de Baby Jane?”, Aldrich dirige este filme en el que una canción es el arma que desata la insania de una Bette Davis con una culpa difícil de cargar. Se perciben en la pantalla, pinceladas del maestro Henri-Georges Clouzot y su thriller “Las Diabólicas”, sin ser esto ningún demérito porque Aldrich maneja perfectamente la puesta en escena y los toques macabros, además de dirigir perfectamente a sus actores. Se agradecen las altas dosis de grand guignol.

17) Las Ballenas de Agosto (The Whales of August, 1987)

Lindsay Anderson reflexiona sobre la vida, visitando un pasado de risas pintadas en sepia, de ballenas que emigran en Agosto, de realeza ya inexistente. El ritmo contemplativo y pausado de esta película acompaña el andar de unos protagonistas que admiten serena y sabiamente el curso de los días. Bette Davis junto a Lillian Gish y Vincent Price saben que en el crepúsculo no permanecen los cabellos dorados, ni la lozanía; aunque la costa y el mar azul parezcan los mismos.

1 de abril de 2008

"El hombre de las mil caras" cumple 125 años

El 01 de abril de 1883 en Colorado Springs, E.E.U.U, nacía Leonidas Frank Chaney, quien años después se convertiría en la estrella indiscutible de esas primeras décadas de auge del cine de terror en el que las palabras sobraban. Antes que Bela Lugosi y Boris Karloff, Lon Chaney era el nombre que atraía a miles de espectadores hambrientos de emociones intensas.

Lo llamaban “El hombre de las mil caras” por su capacidad de transformarse, creando su propio maquillaje y adaptando su cuerpo al personaje. Así fue Quasimodo en “El Jorobado de Notre Dame” (The Hunchback of Notre Dame, 1923), Erik, en “El Fantasma de la Ópera” (The Phantom of the Opera, 1925), Alonzo “sin brazos” en “Garras Humanas” (The Unknown, 1927), entre muchas otras caracterizaciones que exigían ser un camaleón constante y por añadidura con habilidades extraordinarias, capaz de filmar enfundado en un arnés que ocultaba sus brazos o utilizando sus pies como manos para beber, fumar, etc.

El Jorobado de Notre Dame, 1923

Su gran aliado fue ese otro genio del terror y de lo bizarro, Tod Browning, con quien compartía un pasado de teatros populares y el amor hacia lo que despectivamente se denomina “distinto”. Realizaron juntos numerosas películas, entre ellas la ya mencionada “Garras humanas”, “El Trío Fantástico” (The Unholy Tree, 1925) y la mítica “Casa del horror” (London After Midnight, 1927), cinta que todos los amantes del género soñamos ver y con la que de cuando en vez nos juegan bromas sobre la existencia de una copia. Nada de nada. Solo nos queda conformarnos con los fotogramas y seguir soñando.

El Fantasma de la Ópera, 1925

Un cáncer a la garganta truncó la posibilidad de interpretar al Conde Drácula en la adaptación que hiciera Browning de la obra de Bram Stoker, en la que hubiera sido su segunda película sonora tras filmar el remake de “El Trío Fantástico” dirigido por Jack Conway. Ya sabemos a quien Browning dio el papel, y aunque el resultado sea estupendo, no podemos evitar pensar en cómo hubiera sido interpretado ese monstruo seductor en la piel de Chaney.

El gran Lon Chaney, con más de cien películas a cuestas, falleció a los 47 años víctima de la enfermedad que padecía el 26 de agosto de 1930, llevándose consigo una época irrepetible. Desde aquí te celebramos, maestro!